LOPEZ – “No me gusta hablar de arte” 2018-08-01T19:48:53+00:00

“NO ME GUSTA HABLAR DE ARTE”

Entrevista a Marcos López

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Marcos López se describe como un Andy Warhol del subdesarrollo. En su obra supo erradicar la tonalidad melancólica de la fotografía latinoamericana para acercarnos a un carnaval de planos y relatos donde la identidad local toma un protagonismo inédito.

Quisimos invitarlo a escribir acerca de la relación entre creencia e imagen, así como aquellos fenómenos contemporáneos con influencia en su obra. También le mencionamos las palabras angustia, sexo, violencia, cuerpo y pornografía para que nos brinde una opinión acerca de las imágenes que en la actualidad logran conmover.

Cuando recibimos su texto, decidimos establecerlo en función de cuatro enunciados inspirados por la lectura del Seminario 23 de Jacques Lacan. “Un nuevo imaginario”, el sintagma que inspira el presente número de LAPSO y aparece en la octava clase de este seminario, nos movió a dar un mayor protagonismo a las imágenes de la obra de López que impulsaron nuestras preguntas. 

 El resultado es lo que sigue.

“La sutileza del espíritu”

Creo que en ciertos retratos de gente anónima o encuentros circunstanciales en los viajes logro una mirada profunda, una hermandad de almas en el encuentro. Me viene la palabra “desamparo”. Almas gemelas. Algo espiritual. Una comunión. Hago pocos paisajes, pero estoy revisando todas mis fotos desde los años ochenta hasta ahora y hay algunos paisajes urbanos, espacios donde siento una presencia espiritual. Algo por lo que vale la pena vivir… siempre me la paso preguntando para qué sirve hacer las cosas…

El artista modela aquello que le imputa a Dios.

Siempre todo es por otra cosa. Es como si las decisiones las tomara un “jefe interno”, Dios, un gnomo. Yo puedo decir que me aburrí en esa época de hacer fotos blanco y negro y quería hacer fotos con colores chillantes y materiales de baratija para representar al menemismo y hacer fotos totalmente diferentes al estilo latinoamericanista de Sebastián Salgado, de los grandes fotógrafos en blanco y negro.

De la imagen afectada.

Toda mi obra representa mis traumas, mis complejos de inferioridad, mi sed de venganza, mis represiones… todo es tan obvio… La ironía es un escudo, un modo de protegerme. Yo hablo siempre de mi estado melancólico, me emociona siempre que veo un colchón tirado en la calle, las plantas de aloe vera, determinados modelos de automóviles de los años setenta, los hoteles alojamiento de la ruta, siempre me interesa la misma lista de temas. Ahora me interesa pintar y dibujar, tengo ganas de hacer escultura.

La fotografía para mí es como hablar y respirar, pero solo uso el teléfono. Uso cámaras solo por dinero, si me pagan para una foto la operan mis asistentes. Lo principal de la fotografía es lo real y el paso del tiempo. Lo digital es un pacto con el diablo. Cuando voy al mercado de San Telmo, y reviso una caja de zapatos con fotos de comunión antiguas, me da más emoción poética, artística, emocional, que una gran exposición de fotografía contemporánea en el MALBA o en el MOMA.  Cada vez tengo más angustia. Estamos enviciados. Todo va para peor. Yo me despierto y antes de ir a mear miro Instagram, Facebook y el Gmail. Somos ciborgs, mitad hombre mitad aparato.  Pero me puedo conmover con una hoja en un charquito un día de lluvia, en el empedrado de la puerta de mi casa. Me mojo, pongo los pies en el agua, le tomo una foto con el teléfono y la subo a Instagram. Una frase de la cajera del supermercado chino me puede dejar conmovido tres días.

De un arte que desbarata y funda.

Yo no investigo mucho sobre arte. No me gusta leer nada de crítica ni de historia de arte, me olvido los nombres, solo conozco a Warhol, Hockney, Lichtenstein, digo con esto que mi obra es POP porque es nacional y popular —se lee fácilmente— e incorporo marcas publicitarias como cerveza Quilmes por ejemplo. Hockney es uno de los más grandes artistas vivos de la actualidad, el uso del color, la trivialidad de los temas… no me gusta hablar de arte.

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